Aquí les dejo un cuento que publiqué
en una revista Universitaria de la UNAM.
Con este cuento se abrió el primer número de la
Revista Morbífica.
Hecha por estudiantes para estudiantes.
Antes de que el mundo fuese conocido como lo es ahora, existieron dos dioses muy fuertes, el Dios Águila y el Dios Lechuza, que vivían en constante lucha por la indiferencia que se tenían uno del otro. Dicha pugna hacía que todo estuviera en un inmenso caos. La batalla duró siglos, hasta que ambas fuerzas, cansadas de su milenaria pelea, acordaron en conjunto crear el mundo.
En éste, el Dios Águila acostumbraba volar por sus aires, mas no podía ver por dónde lo hacía, lo que le causaba daño continuamente. Entonces, dispuesto a no lastimarse más, lanzó al espacio una pluma dorada que arrancó de su hermosa y larga cola. Hubo una gran explosión: se crearon así el Día y el Sol.
El Dios Lechuza, al ver la luz que provenía del cielo y notar la forma como le molestaba a sus ojos, también decidió arrancar de su prominente cabeza una pluma, una larga y negra que lanzó hacia aquel astro luminoso mientras murmuraba algunas palabras. Cuando la pluma tocó el Sol todo se volvió oscuro: se había creado la Noche y la Luna.
La determinación del Dios Lechuza hizo enojar al Dios Águila pero, después de hablarlo, pactaron lo siguiente: uno gobernaría hasta que estuviera cansado, entonces el otro lo remplazaría. Así, mientras el Dios Águila se retiraba a su morada llevando consigo al hermoso sol, el Dios Lechuza hacía su aparición, arrastrando unas piedras preciosas que ahora conocemos como estrellas.
Contentos con este acuerdo, cada Dios dispuso crear parejas diferentes de animales con un poco de barro del suelo, les dieron el mundo que habían creado para que lo habitaran.
Así estuvieron muchos y varios soles y lunas más, hasta que se dieron cuenta de que ninguno de estos animales tenía la habilidad de contemplar, utilizar y admirar los materiales que la tierra les daba. Un día, mientras el Dios Águila se iba lentamente a descansar, le llegó la idea de crear un ser capaz de razonar y admirar tanto su belleza como la del mundo. Entonces el Dios Águila se arrancó una pluma más, la que se encontraba en el centro de su pecho; la dejó flotando sobre una nube, le agregó barro, se sacó un ojo y lo añadió. Había dado vida a la Mujer.
El Dios Lechuza, molesto porque actuó sin él, decretó gobernar durante los días en que el Dios Águila estaba en el cielo. La lucha entre estas deidades se conoció como un eclipse lunar, pero el Dios Águila fue más tenaz: lo desterró de sus dominios para mandarlo de nuevo a la oscuridad. Una fuerza desconocida nació en el pecho del Dios Lechuza: la venganza.
Una noche cuando las nubes cubrían la Luna, y la Mujer dormía plácidamente sobre un árbol, el Dios Lechuza resolvió llevar a cabo su venganza. Se acercó sigilosamente al gran árbol para matarla, pero el viento desplazó una de las nubes haciendo que una luz blanca cayera sobre el rostro moreno de la mujer. El Dios Lechuza al contemplarla se enamoró de ella. Desesperado por tenerla entre sus alas, se arrancó una de sus uñas, un ojo y su corazón, y los unió con algunas estrellas. El Dios Lechuza se había convertido en Hombre.
De esa manera el Dios Lechuza pudo por fin corromper la perfecta creación que el Dios Águila había hecho sin su ayuda.
Itzel Hernández.
